jueves, 11 de abril de 2013

Del 14 de abril a la III República - Antonio Campos Romay


Pese al ahínco de los afines a La Zarzuela en insistir en las analogías de nuestra monarquía con las escasas que van quedando en Europa, lo cierto es que poco o nada tienen en común. La monarquía española, históricamente, se apegó cerril al absolutismo, mientras las demás evolucionaban acorde con los tiempos.  La dinastía Borbón se implantó en el siglo XVIII tras asolar el país del que no sabían ni el idioma, en una guerra cruel. En justicia cabe afirmar que sus miembros quedaron siempre lejos de alcanzar el suficiente al evaluar sus servicios a los intereses del común. Sus disputas dinásticas generaron tres sangrientas guerras civiles que ahondaron nuestro atraso endémico mientras se liquidaba el imperio colonial. En el caldo de cultivo de esa violencia surgió una casta de espadones que dominaron toda la escena el siglo XIX y la mayor parte del XX.

Un salto dinástico instauró a un hijo dócil al dictador, en detrimento del padre, menos maleable. Padre que por cierto no paso por alto ninguna argucia: ofrecerse voluntario al bando golpista durante la guerra civil, bailarle el agua al dictador mendigando la corona, o enzarzarse con el para vestir galas de demócrata… La dictadura se salda con una Transición Política que el tiempo transcurrido permite más precisión histórica sobre sus luces y sombras y los condicionantes que enfrentó. La inflexión del 23 F, ni tras 33 años arroja otra luz que la que ilumina de forma hagiográfica a quien mejor rentabilizó la asonada acomodado en un machacón discurso por demás efectivo: “un rey salvador de la democracia que se ganó el puesto ese día”. Vigentes siguen puntos oscuros que abren otro tipo de relato en tan penoso suceso avivando suspicacias ante informaciones oficiales u oficiosas, de difícil verificación. Lo que no debilita la maestría de quienes rentaron tan agitada noche en favor del señor de La Zarzuela. Cuentan que la señorita Primo de Rivera, fundadora de la Sección Femenina, fue tan avispada que “de una camisa vieja se hizo un sostén para toda la vida”. Suspicacias que  repuntan al analizar, pese a la opacidad que envuelve lo que se relaciona con la Casa Real, una fortuna, que especialistas como Forbes y otras entidades que curiosamente han ido desapareciendo de circulación, fijan en torno  a los 1.700 millones de €, difíciles de casar con el salario del monarca.

Pese a reconocer la lógica democrática del modelo republicano, la inercia de una parte de la ciudadanía, aún asume la monarquía como factor necesario. Igual que en la Transición era un lugar común que los españoles “no estábamos preparados para la libertad” y era necesaria “una mano dura”. A ello se suma el brío en anular cualquier capacidad crítica relacionada con la monarquía, que sigue gozando de poderosos dispositivos y panegiristas mediáticos, alejando del debate las cuestiones incomodas. Aunque entre bambalinas en esos mismos medios se afirme de tan obsoleto modelo, que “si dieran a la luz lo que conocen durante un fin de semana, España se haría republicana el lunes”.

Ante las reiteradas anomalías en algo tan serio como la Jefatura del Estado no cabe la coartada de que hay prioridades, o que lo importante es lo cotidiano. Todo es prioritario y todo incide en lo cotidiano. Es falacia interesada sostener que da igual la forma de estado. Como lo es afirmar que todos los políticos son indecentes. O que se comportan igual. Una monarquía anacrónica, poco transparente, nada edificante en lo que trasluce y con un liderazgo moral alicaído, es lo menos adecuado en una situación tan escabrosa como la actual. Presentada la corona como solución taumatúrgica es hoy parte del problema. Es inadmisible que en su particular interés quepa la sospecha de que se pueda mediatizar, más o menos veladamente, la comunicación o la independencia del poder judicial. Es absurdo que el jefe del estado, pasada la primera década del siglo XXI, sea impune ante la ley, ni esté sometido a ningún control. Máxime si tiene la osadía de decirle a la ciudadanía que todos somos iguales ante esta. Y como poco, es deprimente que quien ostenta la jefatura del estado, sea en origen, la expresión de la última voluntad del fallecido dictador.

La opción republicana no solo es legítima. Es necesaria. Durante el franquismo y en estas últimas décadas los sectores más integristas y acomodaticios, achacaron al modelo republicano una leyenda negra centrada en la II Republica. Olvidan citar en su soniquete, que desde su proclamación fue boicoteada de forma inmisericorde por grupos ultramontanos, el caciquismo endémico y una parte del ejército. Que con una economía depauperada, recién nacida se le exigió reparar urgencias sociales seculares en medio de un nivel cultural muy escaso, fomentado adrede para sojuzgar al pueblo. Con un entorno geopolítico substancialmente adverso. Pese a ello, incapaces de derrotarla en las urnas optaron por un golpe de estado que ante la adhesión popular al régimen derivó en una sangrienta guerra civil.

Olvida esa leyenda negra  que la II República, más allá de sus errores, que  los tuvo y no menores, en su descargo cabe señalar, que no fueron ajenas a ellos las dramáticas situaciones sociales traducidas en carencias absolutas de la población y las presiones a que se vio sometida desde el primer día por la impaciencia de esta. Pese a ello,  apostó por la libertad, la justicia social, el progreso, la extensión de la enseñanza y la promoción de la cultura. El laicismo, la igualdad, el voto femenino y la defensa de los derechos de la mujer, el autogobierno de las comunidades históricas o el pacifismo como política exterior. Inicio la reforma agraria, generalizó la jornada laboral de 8 horas, reguló el derecho de huelga, potenció los convenios colectivos, legalizó el divorcio… Todo en apenas un lustro en el que la sociedad española fue más libre y más dinámica que en ninguna otra etapa. Algo  intolerable para los poderes fácticos de la época,  de ningún modo dispuestos a permitir que fructificase.

Esta segunda restauración, que agoniza por una patología similar a la que consumió a la primera, muestra una metástasis que afecta el cuerpo institucional y administrativo, agravando de forma alarmante una desafección ciudadana, que socava la confianza en el sistema. La democracia pierde calidad y entra en riesgo. Es ineludible una vigorosa catarsis acompañada de respuestas categóricas a los grandes retos pendientes. Frenar un sistema injusto y voraz que genera miseria, precariza a las personas, lamina derechos, aviva la insolidaridad y la desigualdad. Que permite la impunidad de los poderosos y tolera que especuladores y mercaderes asfixien al pueblo mientras acepta comportamientos lamentables en las máximas magistraturas del estado.

Es hora de dar restituir a la ciudadanía la voz y el referéndum que se le escamoteo hace varias décadas y la apertura de un proceso democrático que revigorice la soberanía ciudadana. El grado de indignación que late en la sociedad no cederá por mucho tiempo a maniobras dilatorias. Es menester superar el compromiso, fruto de una circunstancia histórica, amparado en un texto constitucional cerrado (1978) que imponía la monarquía como condición inapelable para poder acceder a la libertad. Desenmascarando a los agoreros que intentan amedrentar al país si osa tomar el futuro en sus manos. Es útil la cita del presidente Franklin D. Roosvelt, parafraseando a Epicteto, “De lo único que tenemos que tener miedo es del propio miedo”. El mismo Roosvelt aconseja: “En la vida hay algo peor que el fracaso: el no haber intentado nada”.

Una crisis poliédrica de calado inédito como la actual, pone en cuestión a la vez aspectos económicos, sociales, políticos, administrativos, territoriales ó éticos. Por ello exige una respuesta acorde. Capaz de convocar ilusiones dormidas y recuperar la autoestima como país. Mostrando la madurez democrática alcanzada, con la renuncia a tutelas anómalas con la plenitud democrática.

La República no es un patrimonio ni de la izquierda ni de la derecha. Ni de la melancolía de los derrotados de ayer ni la pesadilla de los fundamentalistas del nacional catolicismo del pasado y de hoy... Capaz de armonizar, frente al uniformismo a ultranza de los teóricos del concepto de una cierta unidad nacional que pretenden en fundamentos historicistas, el reconocimiento de las raíces plurales.

Algo que se tenia presente hasta el siglo XVII, “España monarquía plural madre de naciones”. Palafox y Mendoza, Obispo de Osma a mediados del siglo XVII y beatificado el 5 de junio de 2011, reclama “Dios creo las tierras diferentes” y luego ejemplariza de forma campechana,  “en toda Vizcaya no se hallará una naranja ni en toda Valencia una castaña”. En similar línea de pensamiento está el humanista Pedro Mártir de Anglería, Consejero de Indias (1520/1526), que afirmaba: “Cada provincia tiene su manera de ver las cosas y ha de acomodarse el príncipe a las opiniones de unos y otros”. El pensamiento de los heterodoxos, liberales, ilustrados, humanistas ó  agnósticos, en gran medida los albaceas del capital moral de los derrotados de la Historia de España es esencial contribución para construir el futuro desde la categoría dejando la anécdota en las veredas polvorientas del pasado. 

Una Republica anfitriona de una sociedad dinámica, integradora, con capacidad de pasar pagina de los lastres ideológicos que la larga sombra de los complejos del franquismo aún imbuye en numerosas conciencias, debe auspiciar ese estado plural, que sin renunciar a las viejas glorias comunes ponga en valor la deuda con el sacrificio y el dolor de los derrotados en las luchas de siglos para construir el puente hacia el futuro.

La Republica, es simplemente un sistema más ecuánime. Que no debe obedecer su germinación al dogmatismo, sino al sentido común. Fundamentada en el derecho y la ley. En valores laicos y civilistas donde prime en exclusiva la expresión de la voluntad soberana del pueblo. Un modelo de estado que engarce en su frontispicio la trilogía, Libertad, Igualdad, Fraternidad. Que plantee el transito de un escenario agónico, aderezado de nostalgias, vasallaje y súbditos, al civilismo de una Republica nutrida de ciudadanos.