lunes, 25 de marzo de 2013

Apuntes del país más miserable del mundo - Hernán Zin

Hernán Zin
De todos los países desde los que he escrito, la República Democrática del Congo es en el que más tiempo he pasado. Una nación tan vasta como caótica e ingobernable. Paradójicamente, rica como pocas en su subsuelo. Y ya, de manera oficial, la más pobre del planeta. Merecedora del último puesto del nuevo Índice de Desarrollo Humano de la ONU.

Paupérrima, sobre todo en la zona oriental, en la región de los Kivus, epicentro de la guerra que costó la vida a más de cinco millones de personas – la mayoría murió no por la violencia sino por el hambre – y escenario habitual de las historias que tantas veces he plasmado en estas páginas.

Pero no se trata de una pobreza evidente como aquella ciudad de Calcuta en la que viví a principios de los noventa. No hay gente famélica, mendigando, enferma, tirada en las calles. De tierra roja, montañas coronadas siempre por nubes y magníficos lagos, las provincias de Kivu Norte y Kivu Sur resultan a primera vista deslumbrantes, como también lo son las provisiones de sus minas de oro, diamantes, coltán o casiterita.

El aspecto general de las ciudades y los pueblos es humilde pero sin acercarse de lejos a las estampas infernales de niños harapientos, montañas de basura y barrios de chabolas de tantos lugares del mundo como los que retraté en el documental Villas Miseria. Inclusive Kadutu, que es la barriada más grande Bukavu, goza de cierto orden y limpieza.

Miseria subyacente

Aunque no destaca en el primer encuentro, la pobreza en la RD del Congo existe, de eso no hay dudas. Se vislumbra en los trajes apolillados que usa la gente; en esos mercados callejeros en los que quizás en un puesto alguien tiene como toda mercadería apenas cinco tomates; en las carreteras sin asfaltar y los edificios públicos que se caen a pedazos.

Recuerdo que tomé conciencia de la dimensión de la ausencia de recursos entre la gente común del Congo cuando seguí de cerca a Vumilia Balangaliza, mujer víctima de la guerra, cuya historia conté en este blog en 2008, 2009 y 2010 (fallecería en 2011). Difícil olvidar que el almuerzo que preparaba a sus niños cada día no consistía más que en un puñado de alubias colocadas en un cuenco con agua fría.

Rapiña propia y vecina

Desde tiempos de Leopoldo II, la historia del vasto territorio que recorre el río Congo es esa para la población local: la de un rancio plato de alubias contra un paisaje tan extraordinariamente bello como generoso. El rey de Bélgica provocó la muerte a más de diez millones de congoleños mientras decía que estaba brindando ayuda humanitaria. Lo único que le interesaba era la extracción del caucho de un territorio que le había sido entregado por la Conferencia de Berlín a título personal. 


Después vino Mobutu Sese Seko, cabeza de una cleptocracia feroz, que llegó al poder tras el asesinato de Patrick Lumbumba por orden de la CIA. Uno de los hijos de Mobutu manejaba su Ferrari por el aeropuerto de Kinshasa, pues no había otra ruta pavimentada, mientras la gente de a pie malvivía en la indigencia. Eso lo dice todo sobre un regimen que mantuvo al país en el atraso más absoluto y en una corrupción crónica que aún continúa a todo nivel de la administración pública.

“Les petites Mobutus”, bauticé en este blog hace cuatro años a esos policías y funcionarios que a todas horas y por las más peregrinas de las razones, nos querían sacar dinero. Para mordernos como fuera. Alguna que otra vez, inclusive metiéndome en prisión. Un cáncer, sin duda, para la sociedad congoleña.

Tres años antes de que Mobutu dejara el poder para terminar enterrado en Marruecos, el genocidio de Ruanda traspasó las fronteras del Congo sumiéndolo en un conflicto armado que en dos fases duraría hasta 2003.

Hecho este que abriría también la veda a las naciones vecinas para disputarse los recursos de los Kivus, lo que generó una guerra de baja intensidad llevada a cabo por milicias – FDLR, Mai Mai, CNDP ahora transformado en M23 – que se dedican a expoliar los minerales de la zona y que suelen emplear la violación como método de control de las poblaciones locales.

La mano del hombre

Originario de Calcuta, el premio nobel de economía Amartya Sen sostuvo en algunas de sus obras capitales que las grandes hambrunas del siglo XX no han sido consecuencias directas de la naturaleza, pues se contaba con recursos suficientes para alimentar a la población, sino de la acción del hombre, tanto la especulación con los precios como la violencia.

La República Democrática del Congo, que se estrena en el último puesto del famoso índice del PNUD, parece ser el ejemplo por antonomasia. Un plato de alubias frente a un paisaje extraordinario, que nos recuerda también que si bien hay partes de África que están experimentando un deslumbrante crecimiento, hay otras que siguen varadas en la perversa lógica de tiempos pretéritos.